El kilometraje recorrido es, junto con el año de modelo, el indicador más implacable al momento de determinar la pérdida de valor comercial de un vehículo usado. En el imaginario colectivo y en las normativas de tasación de agencias y compañías de seguros, cada kilómetro recorrido acumula desgaste en piezas críticas del motor, la transmisión, la suspensión y los elementos de frenado.
Los vehículos experimentan saltos bruscos en su depreciación al superar determinados umbrales psicológicos y mecánicos. Por ejemplo, la barrera de los 50.000 km, los 100.000 km y los 150.000 km representan puntos de inflexión donde los compradores demandan servicios de mantenimiento costosos, como el cambio de correas de distribución, embragues o renovación de discos de freno y amortiguadores.
En Argentina se estima que un automóvil particular recorre en promedio entre 12.000 y 15.000 kilómetros al año. Un vehículo que se encuentre muy por debajo de esa media puede valorizarse como una unidad en estado de conservación sobresaliente ("pochoclo"), mientras que kilometrajes excesivamente elevados para su antigüedad castigan fuertemente el valor de toma, obligando a descontar presupuestos de reparación futuros.